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Si uno se preguntara acerca de los motivos que llevaron al Seminario
Rabínico Latinoamericano a darle el nombre de “Abraham Joshua Heschel” a su
Instituto Rabínico, las respuestas serían múltiples y variadas.
Sin embargo, y teniendo en cuenta su filosofía, pero más aún su filosofía de
vida, tal vez ubicaríamos en el concepto del “encuentro” el elemento central
que matizó el pensamiento y la acción -es decir Torá y Mitzvot- de este
maestro de maestros.
Ese encuentro permitió que todas las vertientes religiosas de nuestro pueblo
reconocieran en Heschel a uno de sus más importantes referentes. Ese mismo
encuentro posibilitó que Juan XXIII se considerara su alumno, y que Martin
Luther King marchara tomado de su brazo, reclamando por los derechos de los
negros en EEUU.
Y ese encuentro hizo del rabino Marshall T. Meyer su discípulo predilecto,
aún antes de su llegada a la Argentina.
Es bajo aquel mismo espíritu que el Seminario recibe en el seno de este
Instituto Rabínico a quienes -después de haber concluído con sus varios años
de estudios terciarios- comienzan el periplo fundamental para el cuál esta
casa ha sido dada a luz: el de formar rabinos.
Y en los cotidianos encuentros de los seminaristas se abraza el Tanaj con el
periódico, el Talmud se hace carne en los derechos humanos, la Halajá se
recrea con el Shabat y los Jaguim, la Historia recobra vida con Medinat
Israel, la Práctica Rabínica se torna pregunta y respuesta con las dudas de
cada congregante, el Midrash se cuestiona y se amplía, y la biblioteca se
transforma en hogar.
Entre tefilot, desayunos y almuerzos, la semana se entrega dócil a cada uno
de los cursos que -a lo largo de casi cuatro años (y con el quinto a
cursarse en Jerusalem)- se abren paso por entre la rutina cotidiana, sumados
a alguna carrera universitaria paralela que es condición necesaria para la
“hasmajá” u “ordenación rabínica”.
El tiempo y el alefato fluyen así, frescos, por un canal de casi 4.000 años
de sabiduría, enmarcados bajo el clima de un cálido encuentro, el de una
“jevruta”.
No es casual -dicen nuestros jajamim- que el otro nombre que recibe el Monte
Sinaí, es decir el Monte “Jorev”, contenga en sus letras el vocablo “javer”,
“amigo”.
De eso se trata estudiar en Heschel, de ir ascendiendo juntos.
Rabino Marcelo Polakoff
Profesor de Talmud y Halajá
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