Hace ya algunos años, siete aproximadamente, y como marco de la temprana eliminación de la selección Argentina de la copa del mundo de Corea-Japón, Rafael Bielsa declaraba que ‘no todo triunfo es el mismo triunfo’, afirmando que los triunfos basados en la honradez, el trabajo, la decencia y la honestidad, son mucho más valiosos y significativos que aquellos triunfos logrados a través de la trampa, la “chicana”, de los facilismos, de las ventajas, en su mayoría, fuera de la legalidad.
De esta misma manera, puedo argumentar que no toda violencia es la misma violencia. Existen varias formas que puede llegar a adquirir este mismo término. Una persona como cualquiera de nosotros tiende a asociar como primera medida a la violencia como al ataque físico de una persona (o varias) sobre otra (u otras). El mundo es un lugar violento. Hay regiones en donde la violencia está a la orden del día. Y por lo general esos lugares a los cuales nos referimos, están asociados con el uso desmedido de la fuerza física, por parte de un grupo, sobre otros. Y si bien eso no es errado, no es la única forma de violencia que existe.
En su libro “La Reproducción: Elementos para una teoría del sistema de la enseñanza”, Bourdieu y Passeron sostienen que la acción pedagógica, es decir el acto de enseñar, es uno de los actos mas violentos que pueden llegar a conocerse. Si, aunque no pueda creer lo que está leyendo. No solo eso, sino que es uno de los clásicos de la educación mas significativos. Pero tratemos de pensarlo de a poco. Como diría Jacques Derrida, tratemos de deconstruir la idea.
El sistema educativo, a través de la escuela como establecimiento, es el lugar en el cual los chicos pasan por lo general gran parte del día, en el marco de su sociabilidad secundaria. En dicha institución, los docentes transmiten los contenidos que el Estado, a través de la escuela y de los mismos docentes, desea que queden plasmados en los alumnos. Y son estos mismos alumnos los que reciben esos contenidos. Nadie les pregunta si les interesa o no aprender. Nadie les pregunta si quieren recibir las enseñanzas que reciben diariamente. Los docentes imponen sobre los chicos pautas, no
solo de contenidos sino también de actitudes. Formas de solicitar cosas, horarios, uso de los espacios. Los contenidos también son determinantes. La “versión” de la historia que se les enseñe, va a generar en ellos un paradigma determinado a través del cual acontecimientos del pasados y del presente, serán vistos según lo enseñado en la escuela. La geografía política que se les transmita, por imposición, determinará la forma a través de la cual observarán la económica del país.
Si bien con el correr de los años los alumnos pierden la permeabilidad frente al sistema educativo, estas imposiciones continúan. En el secundario, las inclinaciones comerciales, técnicas y humanísticas también generan en los alumnos, que la estructura mental tienda a una u otra orientación o forma. Incluso en la universidad, esta variación permanece intacta. No es lo mismo la estructura de pensamiento de un egresado de la facultad de Ciencias Sociales, que uno de Economía, Derecho, o Arquitectura. No necesariamente las ideas puedan varias en forma directamente proporcional al establecimiento del cual son egresados. Puede ser afirmativo o no. Lo que sostengo es que la estructura de pensamiento que se adquiere tiene una fuerte relación con la institución universitaria de la cual son (o somos) egresados. En resumen, ningún docente golpea a un alumno para que aprenda lo que le quiere decir. Se utilizan otros métodos que, como podemos observar, son mucho más eficaces que la violencia física.
Todo lo dicho hasta este momento, es para entender que existen muchos otros tipos de violencia.
Cuando un Estado reprime a su población, lo hace a través del uso legítimo de la violencia física. En palabras de Max Weber, el Estado es el portador de ese monopolio. Lo sucedido en las diferentes dictaduras en la Argentina, tenía que ver con que el Estado, portador del monopolio de la violencia física, la ejercía y reprimía según su necesidad. Lo que sucede es que esos gobiernos, quienes a través del Estado como instrumento de coacción llevaban a cabo una represión, eran gobiernos ilegales. En pocas palabras, cuando un pueblo elige a un gobierno, le está otorgando el derecho de muchas cosas. Entre ellas, este monopolio de la violencia. El gobierno, si toma el poder a través de un método ilegal (como en un golpe de Estado), se adjudica automáticamente ese derecho, aunque su asunción esté totalmente plagada de nulidades.
Cuando un civil utiliza la violencia física causándole daños a otro civil, sin que sea en defensa propia, es un delito. Cuando un civil, a través del uso de armas blancas o de fuego, provoca una lesión a otro civil, es un delito mayor aún. Eso no está en discusión. El Estado es el garante de la seguridad en todo su territorio. Y muchas veces el silencio o la inactividad de quien debe actuar frente a la violencia, es lo que genera aun mayor violencia por parte de quienes no tenemos el derecho de utilizarla: los civiles.
Irrumpir en un acto con navajas y armas de artes marciales es una actitud violenta e ilegal. Pero manifestarse con palos en la mano y los rostros cubiertos, exigiendo la liberación de quienes llevaron a cabo el acontecimiento, argumentando que solo repartían volantes, es peor aun. No solo es violento, sino que insulta la inteligencia, mayor o menor, de quien escucha esa declaración a través de un video. Dicho sea de paso, publicado en el sitio Web de uno de los diarios de mayor tirada del país.
No vamos a discutir en este espacio si la lucha por la que dicen llevar a cabo sus acciones, es legítima o no. Todos los pueblos del mundo tienen derecho a su autodeterminación. Lo que quiero cuestionar es acerca de si la lucha a través de medios violentos, es válida para frenar la violencia que existe en otra región del mundo. Si tiene sentido entrar a un acto donde se celebraba un aniversario, con armas blancas, dispuestos a atacar. Porque nadie reparte “solamente volantes”, con navajas y un Nunchaku. ¿Es válido mostrarse de esta manera, y declarar que es así que se está luchando contra la violencia?
Terminando esta nota, y con seis horas más que en Buenos Aires por el huso horario de Israel, veo en otro diario que dos sinagogas recibieron amenazas de bomba: Nueva Comunidad Israelita y Amijai. Desconozco si estas amenazas tienen o no alguna relación con lo sucedido tan solo un día antes. Pero la amenaza de bomba, desde un lugar lejano, no solo es una forma de violencia simbólica sino también una cobardía. Y es una muestra más de que la violencia genera odio, y éste genera aun más violencia.
Muchos de los manifestantes, como ya es sabido, probablemente desconozcan bien acerca de lo que están defendiendo. Es probable que, por medio de la violencia simbólica y de los diferentes discursos, sean permanentemente manipulados para servir de “puntas de lanza” de grupos o de algunos pocos. Son, en algún punto, víctimas de quienes los lideran. Estos pocos, por su parte, tienen las cosas más claras. Son aquellos
que hacen uso y abuso de la violencia. Saben hacia donde es que dirigen, y saben como manipular a los que tienen a su mando. Lo doloroso es que, física o simbólicamente, la violencia aparece. Se encuentra en una sociedad que ha vivido años de plomo, períodos de violencia originada desde el mismo organismo del Estado. Y que ahora en democracia, con mayor o menor distribución social, somos testigos de brotes de agresión y de intolerancia, que lejos está de los deseos que tenemos de ver un país en paz y en igualdad de derechos para todos.
Deberá ser el mismo Estado quien, con las herramientas legales y legítimas de las cuales es portador, deba tomar cartas en el asunto. Porque de no ser así, pueden llegar a ser otros quienes lo lleven a cabo. Los duros, los violentos. Y eso sería paradójico, regresivo, y lamentable.
(*) Pablo Gabe es Licenciado en Sociología (U.B.A.). En el momento de redacción de esta nota, se encuentra en Ierushalaim finalizando sus estudios rabínicos en el Instituto Schechter. Y se desempeña como seminarista de la comunidad Amijai de la ciudad de Buenos Aires.